Actualidad misionera: desde el Extremo Oriente

Expediciones misionales

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Hacia Misión Himaláyica

11/4/16, Santa María del Buen Ayre, Argentina.
Prolegómenos de la Misión Himaláyica.
En la fiesta de la Conversión del Apóstol…

El último 25 de enero, fiesta de la Conversión del Apóstol de los Gentiles, volamos con mi familia a un remoto punto del orbe, situado en la Cordillera del Himalaya. Habíamos ido hasta allá pues quería entrevistarme con el Obispo de la zona.
Él me preguntó porque había ido a verlo. Me preguntó si había ido para obtener información sobre algo. Le dije que no quería ninguna información, sino que sólo quería misionar en su zona. Con el devenir de los coloquios con el Obispo, le quedó claro que un solo móvil me había llevado hasta allá: anunciar a Cristo a los gentiles, esto es, a los paganos, es decir, a quienes no conocen a nuestro señor Jesucristo, el único Nombre bajo el Cual los hombres podemos ser salvados.
Su Excelencia me recibió con los brazos abiertos. A través suyo, la Santa Madre Iglesia me enviaba a misionar por los remotos confines del Himalaya para que se siga haciendo realidad la “profecía ad gentes” de Isaías:

“Hacia Él confluirán los gentiles,
caminarán pueblos numerosos” (Is 2).

Luego de recorrer amplias zonas en el jeep episcopal, luego de que los nativos de una ignota parroquia me homenajeasen imponiéndome una veintena de bufandas, luego de celebrar la Santa Misa en varios conventos locales y conocer algunas de las escuelas que la Iglesia fundó y atiende en esas multiétnicas zonas, volví a mi casa materna, en “mi Buenos Aires querido”.
De pasada por Buenos Ayres.

Las “jornadas porteñas” pasaron rápido entre el acompañamiento a mi madre -que, con sobrenatural pujanza, afrontaba las primeras semanas de su viudez-, los preparativos de la futura Misión, consultas espirituales, visitas a amigos y parientes, bautismos, prédicas, deporte, confesiones, exorcismos y citas obligadas con médicos varios, que tuvieron que lidiar con conjuntivitis y caries que de improviso me asaltaron.
La Divina Providencia nos deja estupefactos.

Mención aparte merece lo que podemos llamar “el financiamiento de la misión”. El plan era simple pero materialmente caro: evangelizar el Himalaya … ¿De dónde íbamos a sacar la plata? La primera parte de la respuesta la podía dar un novicio cualquiera: “¡Dios provee!”. Y así fue, pero la segunda parte de la respuesta no era tan simple, esto es, no era tan claro cómo Dios quería proveer. ¿Qué debíamos hacer? ¿Mendigar? ¿Esperar que caiga dinero del cielo?
El problema humanamente visto no era menor pero desde el comienzo, y aún desde hace muchos años, me atraía el modo en que San Cayetano -ese experto en recursos humanos al que recurren tanta gente sin recursos- vivía el voto de pobreza y la confianza en la Providencia. San Cayetano, como es sabido, fundó una Congregación Sacerdotal y, por carisma, tenían prohibido pedir limosna. Los Teatinos -así se llamaban (y aún se llaman)- no podían pedir plata a nadie sino que tenían que silentes esperar que la Providencia Divina les mande algún bienhechor que espontáneamente les ofrezca ayuda. Si alguna vez no iba ningún alma caritativa a ayudarlos, pasarían hambre… Pero, nunca les faltó lo necesario para vivir. Dios nunca les falló. Dios, que nunca falla, menos iba a fallarles a los que de modo tan radical se abandonaban en Su Providencia.
Por eso, queriendo emular el ejemplo cayetanista -no del comentarista del Aquinate, sino del Santo-, decidí no pedir ayuda y esperar que Dios me la mande. Y la ayuda, como no podía ser menos, me llegó. Y con creces. Fue así: durante la Semana Santa un Sacerdote, que no conocía ni había visto jamás, me preguntó cuándo me iba a misionar. Le dije que me iba el 12/4 pero que no tenía aún el pasaje. Inmediatamente me preguntó el precio y me dijo: “yo te voy a ayudar”. Fuimos a su casa y me dió lo necesario.
Luego, la plata se “multiplicó” ya que, como tuvimos que demorar la compra del pasaje por el trámite de las visas, la Providencia nos mandó una oferta única debida a una coincidencia única: la fecha en la que viajábamos era el año nuevo nepalí, lo cual abarataba al máximo todo. Claro, era como viajar en Nochebuena.
Dios provee y por eso nos permite vivir la magnífica bienaventuranza de la divinal confianza: “¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!” (Sal 83).
Dios provee y eso nos permite esperar abandonados en Su Misericordia:

“A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia”
(sal 122).
La llegada del “compañero de armas”.

El plan, de mi parte, era ir a misionar en grupo, ya que el Señor nos mandó “de dos en dos”. De todos modos, ab initio, Dios había puesto en mí la disposición de ir sin compañía en el caso de que nadie quisiese sumarse a la aventura misional.
No sé si porque “muchos son los llamados y pocos son los elegidos” o por otro motivo, pero lo cierto es si bien varios se entusiasmaron, y algunos mucho, con la idea de embarcarse como voluntarios en la Misión, sólo uno, de hecho, lo hizo. Se llama Tomás. Él estaba pastoreando ovejas en los extremos confines meridionales de la Argentina, pero Dios lo convocó a pastorear ovejas en los extremos confines orientales de la Cordillera Himaláyica. Hasta ahora se dedicó a un pastoreo agrario, mas desde ahora, su pastoreo será espiritual. Hasta ahora pastoreó ovejas del rebaño, mas desde ahora buscará pastorear las que jamás entraron al rebaño, las que aún no conocen el rebaño.
De la partida al Extremo Oriente.

Al final llegó el gran día. Compré una mochila “de mochilero”, una de 70 litros, puse poco y nada, metí unos libros en un valija que había traído de Taiwan, puse la PC en una mochila de mano y con sotana y borcegos, esquivando piquetes, llegamos a Aeroparque, desde donde volamos a Sao Paulo, donde haremos escala a Etiopía, que será la última parada antes de llegar a Delhi, desde donde tomaremos otro avión para llegar a nuestra tierra de Misión.

Del prólogo maternal y los prólogos divinales.

Salvo por el olvido de la alforja y por el ajetreo que implicó traerla, los momentos previos al embarque fueron tranquilos y estuvieron signados por la Mano de Dios, que escribió un triple prólogo a nuestro andar misional.
El primer proemio fue el de mi madre, quien, como de pasada, sentenció un apotegma que vale más que muchos libros: “Dios llama a cosas grandes, no a mezquindades”.
El segundo prólogo nos lo marcó el mismo Martirologio, y por tanto la Iglesia, que hoy celebra la memoria de San Estanislao de Cracovia, martirizado por el rey Boleslao, a quien había increpado por su mala conducta. La festiva coincidencia no es menor ya que este Santo es un arquetipo enhiesto de la virtud de la parresía, esto es, de la valentía en el predicar, virtud esta que suplicamos recibir del Altísimo para que nuestro testimonio ante los paganos sea completo.
Dios quiera que el ejemplo de San Estanislao, a quien, como se reza en el Breviario, el Señor ha otorgado “la gracia de sucumbir en aras de [S]u gloria bajo la espada de los perseguidores” nos mueva a preferir la muerte antes que renunciar a la parresía.
Un tercer prólogo nos lo escribió directamente Dios. Y lo meditamos cuando fue leído el Evangelio, en la Misa que celebramos en la capilla aeroportuaria, minutos antes de partir. El Evangelio de hoy, en efecto, finalizaba exhortando a hacer la obra de Dios, esto es, a creer en Aquel que el Padre envió: nuestro Señor Jesucristo. Esta exhortación contiene implícitamente la misma razón de ser de toda actividad misionera: ayudar a los prójimos infieles a realizar la obra de Dios, esto es, ayudarlos a creer en nuestro Señor Jesucristo.
Mas, más allá de lo dicho, el supremo prólogo de la Misión fue la Misa, cuya celebración nos permitió vivir la bienaventuranza del Salterio que mejor se aplica a quien se dispone a viajar por Dios: “Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación” (sal 83).
12/4/16.

Escala en Sao Paulo

Pasada la medianoche, luego de un vuelo breve en el que terminamos el primer Rosario de la Misión -comenzado en la fila para tomar el primer avión y ofrecido por la conversión de los pobres infieles-, llegamos a la única megalópolis que lleva el nombre del Apóstol de las Gentes. Valga subrayar que la primer escala de nuestro itinerario misional fue en la ciudad bautizada con el nombre del mayor de los Misioneros jamás habidos.
Quisimos celebrar Misa en el aeropuerto pero no nos dieron los tiempos ya que el tiempo de la escala era brevísimo. Al menos pude aprovechar a hablar, por skype, con un sacerdote amigo que vive en Asia y que nos hará algún contacto con gente de uno de los lugares a los que queremos ir a predicar la Fe.

Vuelo a Etiopía.

De Sao Paulo fuimos a Etiopía, el cual es un destino que, según me decía uno del aeropuerto, es principalmente usado como lugar para hacer conexiones.
Pudimos dormir bastante bien, hablamos con gente de China y llegamos de noche al África. Fue la primera vez en nuestras vidas en que pisamos suelo africano. Es una pena que no tengamos tiempo de recorrer siquiera un poco ya que en una hora debemos embarcarnos para Delhi. África nos quedará para otro viaje misional, si Dios quiere.
Me da la impresión que lo que más se ve en el aeropuerto son negros -vestidos de colores llamativos o con largas ropas islámicas-, chinos y alemanes.
Hoy fue la primera vez que veo una mujer islámica que tenía tapados hasta los ojos. Según leí, este exceso de vestiduras es una de las pocas protecciones que tienen las mujeres islámicas para prevenir abusos de musulmanes desbocados. Me parece bastante lógico: como carecen de la vera Fe y de los Sacramentos y como creen en algo que en vez de refrenar la triple concupiscencia, la promueve, entonces a las mujeres no les queda otra que cubrirse hasta la nariz.
Al bajarnos del avión le pise sin querer el pie a un nigeriano llamado Alexander. El pedido de perdón fue el comienzo de una grata conversación. Él se alegró mucho de que vayamos a misionar y nos alentó a perseverar diciéndonos: “Keep on, keep on!”. Nos dijo que cuando alguien sirve a Dios, Dios no lo abandonará. También nos comentó que en Senegal matan a los cristianos que difunden la Fe y que por eso hacen apostolado en la clandestinidad.
Después de hablar con él, Tomas me dijo que también podemos venir a misionar a África en el futuro. Me alegró su celo misional.
Quisimos celebrar la Misa en este aeropuerto etíope, sito en la cuidad de Addis Ababa, pero lamentabilísimamente no tiene Capilla. No tiene Capilla pero tiene un lugar para que los mahometanos hagan sus rezos. Ruego al Altísimo que esto cambie pronto.

Tormenta y Pelea

Ya estamos en el Himalaya. Paramos en un barcito muy pintoresco, que bordea la cornisa. Pedimos un menú, con pollo y gaseosa, para festejar nuestra llegada al Himalaya. Deo gratias!
Hoy, 14 de abril de 2016, es una jornada clave en nuestra vida ya que hoy empieza propiamente nuestra Misión Himaláyica. Hoy es un día inolvidable.
Mi alma en este momento está signada por el vértigo, por un vértigo misional difícil de describir pero que se debe a que no sé qué pasará en la Misión, no sé con qué me voy a encontrar, no sé qué hombres me ayudarán, … Como se intuirá, en lo que hace a la actividad propiamente misional que estamos por comenzar con mi compañero Tomás, no hay nada seguro sino que son sólo planes, sueños, riesgos, inseguridades e inquietudes.
Me consuela recordar que mi situación misional es la pedida en la heroica “Oración del Paracaidista”:

“Me dirijo a ti, mi Dios, porque sólo tú puedes dar lo que uno lleva dentro.

Dame, Dios mío, lo que te sobra. Dame lo que nadie te pide nunca.

No te pido riqueza, ni éxito, ni siquiera salud.

Todo eso te lo piden tanto que ya no debes tener más.

Dame, Dios mío, lo que te sobra; dame lo que los demás rechazan.

Yo quiero la inseguridad y la inquietud, la tormenta y la pelea.

Y te pido que me lo des, Dios mío, definitivamente.

Que yo pueda estar seguro de tenerlo siempre. Porque no siempre tendré coraje para pedírtelo.

Dame, Dios mío, lo que te sobra; dame lo que nadie quiere.

Pero dame también el coraje, y la fuerza y la fe.

Porque sólo tú puedes dar lo que uno lleva dentro”.

Hay otro que quiere venir, que es un venezolano llamado Alonso pero aún no viene porque estamos juntando limosnas para su pasaje.
El jeep se está moviendo mucho ahora, parece una montaña rusa.
¡Cristo impera!
¡Viva la Misión!

Padre Federico
Misionero en Extremo Oriente
O. San Elías
1/5/16

 

Maravillas de la Providencia Divina

I.-

Esta crónica es un poco más larga que de costumbre puesto que es un relato hecho con más perspectiva, esto es, un poco a distancia, pero es una crónica fundamental para quien tenga interés en saber algo de esta Misión (¡si es que hay alguien en estos tiempos de indiferencia misionera!).
En febrero fuí a ver un Obispo de la zona de los Himalaya. No fui de paseo sino que había visto claro que el Espíritu Santo me llamaba a ir a esos confines. El Obispo me recibió exultante y me llevó de acá para allá mostrándome diversas comunidades de su inmensa jurisdicción.
Me pidió que lo acompañe a su Visita Pastoral a una enorme zona, que bien podría tener dos o más Obispos. Fue en ese lugar donde providencialmente vi un mapa en una pared y pregunté cuantas Parroquias habían en el norte. esto es, en la mitad superior de esa gran región. La respuesta fue que no sólo no había ninguna Parroquia sino que no había ningún Misionero y que, más aun, allí no habían más de uno o dos católicos. La región, repito, es enorme e incluye muchísimas aldeas y aun algunas ciudades. Es una zona budista en los Himalaya, una región de budismo muy arraigado. Llamémosla la Zona H.
Sin dudar ni poder dudar, le dije ahí al Obispo que quiero hacer unas expediciones misioneras ahí, en la Zona H. Él, sonriendo con placer, me dio su inmediato placet.
Pasado un breve interín en el que debí volver a Buenos Aires para enterrar a mi virtuosísimo padre, volví a la zona himaláyica para emprender una expedición misional en la dicha región budista donde la Iglesia literalmente no existe: la Zona H.
No volví solo sino con Tomás, un joven que vino como voluntario a las Misiones.

II.-

La Zona H es enorme, y solo en la “capital” que está bien el sur de esta zona hay algunos católicos, pero salvo en la capital, en todos los demás lugares de la Zona H no hay ningún católico. Por eso, no era nada fácil ir a la Zona H. ¿Donde nos alojaríamos? ¿Quién nos haría de intérprete? ¿Cómo haríamos para misionar? Realmente, parecía una total insensatez querer ir a misionar a la Zona H, máxime sin saber el extraño idioma que allí hablan, máxime si consideramos que hablan varios y no uno solo.
Los primeros días, por tanto, fueron desconcertantes ya que no sabíamos que iba a pasar pues todo parecía imposible. Era como una Misión que parecía imposible siquiera de ser comenzada. Nuestra única esperanza era la mejor de todas: el milagro.
Ni siquiera sabíamos si íbamos a poder entrar a la zona pues es de acceso doble o triplemente restringido. Incluso para los connacionales. Ni hablemos para argentinos…
El plan originario, de acuerdo a lo hablado con el Obispo, era hacer una exploración misionera, durmiendo en algún hotel esperando que la Providencia nos mande algún traductor y todo esto durante quince días, y sólo si nos dejaban entrar.
Ese era el plan original (un plan que cualquier hombre sensato, habría rechazado por inviable) pero Dios intervino y llamó a un catequista al Cielo, por lo que debimos ir al entierro -entre las montañas- (fuimos porque no sé porqué al Obispo se le ocurrió llevarnos) y como el difunto era padre de una monjita, el entierro estaba lleno de monjas por todos lados, pero monjas bien misioneras, que hace poco tuvieron mártires en el África y que se caracterizan por ir a lugares muy remotos aun cuando sean muy jóvenes.
La cuestión es que, por esas rarezas de la Providencia, había una monja himaláyica misionera en Perú pero que justo estaba de vacaciones y, como era la única persona hispanoparlante, vino oronda a charlar con nosotros (¡dejo constancia de lo bien que habla español esta monjita himaláyica!).
Y, como nos preguntó que hacíamos Tomás y yo por ahí, le dije algo timidamente que osabamos ir a la Zona H y, de puro caradura, le pregunté si alguna hermana nos podía ayudar como intérprete. ¿En qué terminaría eso? Era Dios que me llevaba por ese lado, porque la hermana me dijo que una de las monjitas presentes en el funeral (“la hermana María”), hacía pocos días, era misionera en la Zona H y que estaba a cargo de la escuela de la capital de la Zona H y de una escuela que esta en la Zona H pero no en la capital sino en aldea remotísima, que podemos llamar “Elrod”, por inventarle un nombre (en realidad tiene nombre, y muy bello, y por eso no hace falta inventarle uno pero prefiero llamarla Elrod, al menos por este canal… “A buen entendedor…”).
Esto era mucho más de lo pensado. No solo ir a la Zona H sino ir a Elrod y desde Elrod movernos a otras aldeas y ciudades. La Hna. “Peruana” llamó a la Hna. “María” (la de la Zona H) y ella nos puso una cara como de piedra (después noté que su cara es siempre así -pétrea- pero que es muy buena, y quizás es santa) y diciendo algo así como “lo voy a hablar”, se escabulló entre el hermanaje y yo sentía que se me escabullía la esperanza de misionar en la Zona H. Pero, ¡oh alegría!, a los dos minutos estaba de vuelta ella y la Provincial, a la que justo yo la había saludado diez minutos antes y con quien habíamos dicho no sé que cosa simpática que me habrá soplado el Ángel Custodio.
Las Hermanitas farfullaron algo en su lengua local y, como son buenas y les venía barbaro un cura en Elrod (donde no hay nada de nada de nada), inmediatamente me dijeron que ellas tenían una casita sin usar en Elrod y que Tomás y yo podíamos ir allá. Como el Obispo estaba ahí, se improvisó una brevísima reunión y, con el placet episcopal, quedó decidido que iríamos a Elrod. Todo con el finado a pocos metros, quien como era un gran catequista, habrá estado gestando todo eso desde el Paraíso, continuando desde el Cielo con el oficio apostólico que la Iglesia le encomendó. Su primer misión póstuma (o su primer “trabajo en el Cielo”) parece haber sido la de preparar la Misión en Elrod.

III.-

Lo de las monjitas y la casita de Elrod no fue poco sino muchísimo. Una directa y extraordinaria ayuda de Dios.
Pero, aun faltaba mucho por resolver… ¿Conseguiríamos permiso para entrar a la Zona H? El permiso solo lo dan, si lo dan, por quince días. Y no era sólo un tema de permisos, habían también otros problemas…
Los católicos de la zona de la Residencia Episcopal nos manifestaban que la Misión era prácticamente imposible. Hubo uno que al principio nos quería ayudar pero que cambió 180 grados su actitud cuando cayó literalmente un espía del Gobierno para preguntar por el suscrito. Gracias a Dios y por un error, en el momento de la visita del de Inteligencia, estábamos justo cruzando la frontera a otro país por temas de visado.
De pasada, comento, luego de cruzar la frontera, nos tomamos un colectivo a Kathmandú y se subió otro espía para hacerse el amigo y reventarnos a preguntas. Estaban casi todos los asientos vacíos y mostrando su chapa militar se sentó con nosotros. A las 3 de la mañana, se bajó del colectivo, frustrado quizás de que no teníamos facebook, de donde él creía que iba a poder sacarnos información. Como en teoría era un diálogo amistoso y no un interrogatorio policial, me di el lujo de retrucarle con algunas preguntas acerca de su religión, el hinduísmo, pero bastó que haga esto para que él corte el diálogo.
El espía fronterizo me hizo irme del relato (así como yo lo hice de sus preguntas), pero su mención sirve para ilustrar una realidad innegable: misionar en el lugar planeado parecía humanamente imposible. Si los espías están leyendo esta crónica, les mando sinceros saludos…
Uno de los Sacerdotes que conoce el terreno misional al que queríamos ir (esto es, la Zona H y Elrod en particular) y que lo conoce puesto que dirige, aunque a distancia, un emprendimiento social en la zona, nos dijo del modo más categórico que si logramos entrar en la zona proyectada -que podemos llamarla la “Zona H”, “no hablemos de religión” y para más reforzar su orden agregó: “sino van a tener problemas”.
Pocos días antes de partir a la Zona H y mas exactamente a Elrod, y precisamente en virtud de todos estos problemas políticos, uno de los Sacerdotes de mayor jerarquía -o el que más- de la diócesis me dijo: “estamos preocupados por vos”. De hecho, por eso y por lo inviable que parecía todo, fuí a la Misión sin envío eclesial sino con un mero permiso.
Humanamente hablando el panorama no podía ser más negro, pero con Tomás nos propusimos hacer todo lo posible, esto es, intentar, intentar hacer hazañas para la mayor gloria de Dios, ciertos de que a esto nos movía el Espíritu Santo.

IIII.-

El que nos dijo que nos iba a dar grande ayuda, se dio vuelta (su jefe tampoco le permitía ayudarnos, lo cual es entendible) pero al menos nos consiguió un salvoconducto en la frontera para alojarnos una noche y para que nos ayuden a conseguir el permiso de entrada a la Zona H.
Así fue que partimos el 31/4/16, tomamos dos jeeps y un taxi hasta la frontera con la Zona H. El contacto nos dijo que con el permiso que nos habían dado íbamos a poder entrar a la Zona H, por más que nuestro permiso no la mencionaba. Celebramos Misa, dormimos en la frontera (¡los anfitriones no veían la hora de que nos vayásemos!), nos tomamos otro taxi y luego un jeep hacia la Zona H.
En el viaje pude hacer buenas migas con varios monjes tibetanos, que compensaban su pobre inglés con una rara (en ellos, es rara -según mi experiencia-) cuota de sociabilidad y curiosidad que los llevó a que hablemos y, vaya sorpresa, a que nos inviten a tomar un té en una de las paradas. Quedamos, podemos decir, amigos y me invitaron, aunque medio me auto-invité, a que los visite a un archi-famoso monasterio, donde podremos seguir el apostólico coloquio (anteayer pedí a un nativo que me lleven al monasterio, pero Dios, por motivos que Él sabe, lo impidió mandando una lluvia torrencial que bloqueaba el acceso).

V.-

Al final, entramos en la Zona H y casi ni bien entramos, terminó el tramo del jeep, bajamos las mochilas del techo (más equipaje no llevábamos) y nos tomamos un taxi hasta la única escuela católica de la “capital” de la Zona H. Las hermanas nos recibieron muy contentas y lo mismo los chicos, los profesores (el “staff”, como cancheramente le dicen) y hasta los vecinos que nos espiaban, aunque no por espías sino por curiosos. Yo no sé que ni como se comunicaban, pero al rato lo vi a Tomas “charlando” y riendo con unos vecinos, sentados en la vereda aledaña a la escuela.
En el momento, aprendí unas frases en un dialecto local y con eso catequicé un rato a los niños, que son casi todos o todos paganos. Este método lo copié de San Francisco Xavier (a quien me agarran ganas de imitarlo en todo y que me parece el mejor consejero en todo lo que respecta a la Misión), quien rápidamente aprendía a decir el catecismo en lenguas nativas y se mandaba a predicar sin hacerse ningún drama y sin querer aparecer como doctor en lenguas orientales. Es un método eficaz. Los niños estaban felices.
Almorzamos, cargamos el jeep y nos fuimos a Elrod con la Hna “Marta”, que tenía unos 23 años (y un gran espíritu de piedad y servicio) y la Hna María que, con su santidad y su pétrea cara, simplemente nos acompañó durante el viaje, durante el cual me dió preciosas indicaciones.
Después de un estupendo viaje entre cornisas, cascadas y abismos, al fin, llegamos a Elrod. La emoción fue como “mística”… Después de tanto trajinar, pudimos llegar a esa tierra de ensueño, de ensueño por los paisajes pero más todavía porque es una zona en tinieblas que secretamente espera ser convertida en un anticipo del Cielo por medio de la predicación y los Sacramentos. Digo que lo esperan pero ni se lo imaginan, claro. ¿Qué se lo van a imaginar? Bueno, en fin… Es una zona de ensueño para nosotros los Misioneros, pues soñamos que, cuando les llegue la Hora de Dios, esa zona se vuelva toda católica, más católica que París en los tiempos del impar Rey San Luis IX. Si es cierto que moverán montañas quienes tengan fe (y es absolutamente cierto ya que lo dijo el Señor), entonces esto es posible.
A los pocos minutos, la Hna. María, que es la Directora “a distancia” de la escuela de Elrod, se subió al jeep y partió a ver a alguien.
En Elrod quedamos pocos: la Hna. Marta (¿Marta? Otro nombre que me inventé), Tomás, una profesora católica venida de otros pagos y quien suscribe esta crónica. Pocos pero el Protagonista de la Misión es el Espíritu Santo y Él acostumbra a obrar grandes cosas por medio de pocos, no de multitudes.
Mi primer apostolado, pocos minutos después de llegar, fue jugar y matarme de risa con los poquitos huérfanos que viven en la escuelita de Elrod. Nos divertimos a lo grande con la pelota que habíamos comprado unas horas antes, pelota que, dicho sea de paso, pasó a ser prácticamente un bien público administrado por un joven al que aun no le sé el nombre. Tendremos que comprar otra pelota y, ya que estamos, una de rugby… ¿Por qué no?

Así llegamos a Elrod, una zona sin ningún católico, una zona donde la Santa Madre Iglesia, no existe.
Según el detallado y actualizado censo que manejaban en uno de los centros católicos de la zona de la Residencia Episcopal, en Elrod no había ningún cristiano. Con esa áspera estadística, marchamos a la Misión, pero llegados a Elrod, nos encontramos con una enorme sorpresa del todo inesperada: hace unos 20 años se había convertido una persona desde el Budismo al Cristianismo (Protestante) y él es el actual Intendente de Elrod y como el Gobernador de la Zona H. Sin perjuicio de la malicia objetiva de lo herético (tema sobre el cual volveremos), todo esto es del todo providencial.
Luego, nos enteramos que además del Gobernador, luego de su conversión, se habían convertido algunos pocos más y que por eso hoy hay como una decena de familias cristianas -también protestantes- (uno decía que son 9, otro 15 y otro 16, mas de todos modos es una cifra irrisoria de creyentes en el medio de una de los más fuertes y hostiles baluartes del Paganismo que quedan en el mundo).
¿Por qué son protestantes? Porque el Gobernador estudió como pupilo en la capital de la Zona H en una escuela de unos disidentes que llegaron desde Escandinavia a estas zonas hace más de un siglo. Los escandinavos se fueron hace muchísimo tiempo e incluso algunos murieron por estos pagos y no quedó más rastro de ellos que unas fotos (casi todas las fotos muestran rostros como “fúnebres”) y el caro recuerdo de sus nietos espirituales, que son todos nativos y llevan adelante con gran eficacia y fervor la “Iglesia” de ellos, que está creciendo, especialmente en la capital de la Zona H, mientras los católicos de la capital son sólo unas pocas familias desganadas incapaces de siquiera de hacer una peregrinación si los curas o las monjas no les proveen todo. Esa es la realidad.

Pero debemos relatar brevemente la historia del Gobernador, quien me la contó de sus propios labios. Su familia era muy pobre y sus padres iletrados. Se mudó a la capital siendo un adolescente y pudo terminar la secundaria pagándose sus estudios al trabajar como cocinero de una maestra.
Luego del egreso de la secundaria, se convirtió al Cristianismo. La conversión le significo el ostracismo social a tal punto que le prohibieron participar de las funciones sociales. No era alguien en particular quien se lo prohibía sino la sociedad toda, el ambiente social y, especialmente, los Lamas, haciendo la gala de la “benevolencia a todo sentiente” que ellos predican y que se creen tantos ingenuos de Occidente. En dos palabras, al converso “le hicieron la cruz”. Él, el actual gobernador, es el primer converso al Cristianismo de todo Elrod.
En ese contexto de ostracismo, el fue a la capital de la Zona H y allí hizo estudios de grado financiado por los “pastores” protestantes. Recibido, se dedicó a la predicación, se fue metiendo en Política y volvió a Elrod a hacer un emprendimiento social. Finalmente llegó a ser no solo el Intendente de Elrod sino el Gobernador de la Zona H. Desde que él llegó al poder, los cristianos están seguros. Si no fuera porque el Gobernador es cristiano, a los cristianos ya los habrían desterrado, esto es, los budistas -capitaneados por los Lamas- ya habrían expulsado de la aldea a los cristianos. Este flagelo de los destierros de cristianos a manos de budistas no es una invención de mi mente, sino que en Elrod ya acaeció con las dos primeras familias cristianas, las cuales jamás volvieron del destierro.
No solo Elrod sino la Zona H y mas aun toda la Zona G (que incluye H) es considerada una zona sagrada para los Budistas.
Refiriéndose a Elrod, Elías -uno de los protestantes más activos de la zona-, me dijo: “This is Monk area (…) Christians are very little”.
La Zona H en vez de Cristiandad es la Budistidad, pero, con la gracia de Dios, aspiramos a convertirla en Cristiandad. En eso estamos. Y me volví a ir por las ramas, pero hacía falta.

VI.-

Pero, ¿y dónde nos íbamos a alojar? En teoría, y eso había sido lo hablado el día del entierro con el Obispo y el hermanaje, íbamos a alojarnos en una casa deshabitada que tenían las hermanitas. Pero, a pesar de que les dijimos a las Hermanas que no queremos comodidades, se ve que a ellas les preocupó que la casa en realidad era, según ellas, inhabitable. Les daba como vergüenza darnos una posada en tales condiciones. Nosotros no teníamos ningún problema (¡al contrario!), pero ellas al final se negaron a hospedarnos allí y he aquí que a la Hna María se le ocurrió ir a pedirle al Gobernador que nos dé un alojamiento decente.
Fue por esto, que al final nos terminamos hospedando en la misma casa del Gobernador, lo cual fue mil veces providencial, y fue y es providencial por motivos obvios pero también porque eso nos da más autoridad ante los aldeanos -ya que somos los “huéspedes y amigos del Gobernador”- y porque nos permite influir más sobre el que manda y usar, claro, esa influencia al servicio de la evangelización.
Pronto, o más bien ¡ab initio!, nos hicimos grandes amigos del Gobernador, quien desde el primer minuto, se mostró máximamente cercano. Yo no cabía en mi asombro. Tomás también estaba impactadísimo. Y claro, no era para menos: las perspectivas misionales en la Zona H era humanamente casi nulas, los pronósticos de los entendidos eran mucho más que sombríos y alguna vez llegaron casi hasta el insulto. Ese era el panorama misional. Ese era el panorama misional visto humanamente, pero para el Espíritu Santo el panorama apostólico se ve que era muy distinto, y eso es lo que importa.
Pero, hay más… Hace tiempo que el Gobernador venía rezando a Dios para que le mande algún hombre blanco a que lo ayude en la obra evangelizadora de Elrod y del resto de la Zona H. Él estaba solo y rogaba a Dios con manos juntas pidiendo que el Señor se digne mandarle un Apóstol para estas remotas tierras. Luego de los ininmaginables acontecimientos que nos tocó vivir, al fin llegué con un voluntario a Elrod, sin saber con lo que me iba a encontrar. Pocos días después, el Gobernador nos contó la historia, esto es, que era objeto habitual de sus ruegos al Altísimo la venida de alguien -en lo posible, blanco (!¡)- que lo ayude en la propagación de la Fe. Recordando su plegaria, él nos dijo que rezaba así: “Estoy rodeado de monjes, gompas y murtis, mandame Señor ayuda…” … Y luego agregó: “y me la mandó”, refiriéndose a Tomás y a mí.
He aquí que el Gobernador, sin dudar ni poder dudar, nos vió a mí y al voluntario como “enviados por Dios” a Elrod. Varias veces nos repitió lo mismo. Ayer, 27 de mayo, por ejemplo, luego de volver sobre la misma historia, me dijo con tono sentencioso: “So, it is God Plan!”.
Todo esto parece una descomunal casualidad pero no es así ya que no hay casualidades sino providencialidades. Este es el Plan de Dios. De hecho, como enseña el Magisterio, el Protagonista de la Misión es el Espíritu Santo, quien mueve los hilos de la Misión. De parte nuestra, debemos seguir Su soplo y seremos instrumentos para que Dios haga a través nuestro grandes hazañas.
¿Dónde quedaron las humanas predicciones de fracasos y los sombríos pronósticos? ¡Sepultados! … Dios tenía planes magníficos, a pesar de nuestra incredulidad. Esto me sirve para recordarme a mí mismo que secundando las divinas inspiraciones, debemos aspirar a hacer las máximas hazañas posibles para Dios, confiando ciegamente en que obraremos cual instrumentos de un Dios Amorosísimo y Todopoderoso, a Quien no le cuesta nada hacer milagros y que aun se recrea en hacerlos.
Con todo esto, Dios me enseña que no debemos tener una fe mezquina y que en todo -y especialmente en lo que toca al Apostolado-, debemos movernos de un modo totalmente sobrenatural, despreciando las bajas cavilaciones de la “sabia” prudencia humana, que todo lo envilece con su terrenal miopía y su instinto de supervivencia que mueve a querer tener todo asegurado y las espaldas cubiertas.
Con todo esto, también Dios me enseña que los católicos debemos apurarnos, y aun correr, para llegar lo antes posible a las tierras de Misión.
Muchos lugares que parecen ser los más inconvertibles, inaccesibles, difíciles y hostiles a la Fe -como ser Elrod-, pueden al mismo tiempo (y sin perjuicio de que lo anterior sea cierto) estar ofreciendo providenciales oportunidades para ser evangelizados… Son oportunidades abiertas por nuestro Padre Celestial, Quien, podemos decir, vive empeñado en trabajar para que todas las Naciones, abjurando de la perfidia de sus idolatrías y ridículas supersticiones, se conviertan a nuestro Señor Jesucristo, el único bajo cuyo Nombre podemos ser salvados.
Pero, si la Santa Madre Iglesia, que es la única Esposa de Cristo, no corre a evangelizar a los pueblos paganos, el diablo mandará a las sectas, que, salvo un milagro, no evangelizan sino que sectarizan. Por eso, urge que los católicos nos dejemos de pusilanimidades, conventilleos, miedos, ideologías y prejuicios anti-misioneros, y todos a una promovamos la Misión Ad Gentes, cooperando cada uno en su puesto, unos misionando, otros rezando, otros ofreciendo enfermedades, otros limosneando, otros conscientizando a los demás sobre la urgencia del empeño misionero.
Elevemos nuestra preces para que Dios, por medio de Su Madre Virginal, restaure el empuje misional de la Iglesia y la bendiga con una Primavera Misionera, con un Esplendor Misionero, todo fecundo en gloriosas hazañas apostólicas en los confines del paganismo.

Padre Federico, OSE
Misionero en Extremo Oriente
O. San Elías
28/5/16

Ni Sagrario, ni Sotana, ni Compañero.

Se acaba de ir Tomás. Le dije que espero que vuelva lo antes posible, me dijo que desea que se haga lo que debe hacerse.
Me quedé visiblemente solo pero no estoy solo sino más acompañado que nunca pues Dios está conmigo. Su presencia la siento muy intensamente por más que en todas estas aldeas remotas sólo hay una persona católica, que es una de las dos profesoras de la escuela misional, por más que desde acá prácticamente no puedo comunicarme con el Obispo, no puedo confesarme ni usar mi amada sotana (y por el momento, ni aun clergy), no tenemos Sagrario, no sé el idioma, no tengo certeza de que me darán permiso para vivir aquí largo tiempo, estoy sin internet…
Ciertamente que este es un tiempo de poda paternal, donde Dios purifica mi pobre fe, pero es un tiempo magnífico donde experimento al mismo tiempo un gran gozo y una libertad extrema.
Estoy viviendo mi secreto, mi vocación, mi misión eclesial, mi nombre teológico…

Luego de que Tomás se fue, ordené y limpié la pieza, la celda misional, y saqué kilos de basura. Lo hice por razones de higiene elemental (y mental) pero también porque así hacía un apostolado ante el Gobernador, quien se avergonzó de la suciedad del cuarto en el que me hospedó.
Limpiaba eso mientras escuchaba el sermón que hoy le prediqué a Tomás en su despedida, siguiendo una selección de textos llorentianos. Luego, dediqué el resto de la mañana al estudio de la zona completando mi ensayo sobre una etnia local, que probablemente sea el primero en español sobre esa tribu,
En el escritorio de estudio, que es el del intendente, había una revista de una agrupación protestante que van a donde no llegó el Evangelio. No quise leerla porque me llenaba de celo, pero solo ojearla y pispear su fervor y organización, me bastó para sulfurarme… Valiéndose de ese ardor que el Señor despertaba en mí a través de la prensa herética, mientras marchaba hacia la escuela para almorzar y veía las montañas, el Señor me hizo sentir una brevísima moción llena de consuelo, algo vaga, pero que consistía en esto: armar un Frente en Europa desde el cual se haga la lista de las aldeas del orbe jamás evangelizadas, se convoque voluntarios, se organicen las expediciones y se vaya a predicar lo más directamente posible, buscando de llegar a todos los lugares de la tierra donde aun no fue anunciado el nombre de Jesús.
Hubo una moción clara además: “lo ya conseguido y lo que está en curso en Elrod es milagroso y enorme y desmintió todas las predicciones de fracaso… pero, al lado de lo que están haciendo los herejes es poco y nada. Vamos a paso de tortuga”… Y renació en mí el reproche de la Virgen a Don Bosco: si hubieses tenido más fe, habrías hecho cosas mayores…”… Entonces me agarró un movimiento fortísimo que me llenaba de consuelo: “vamos por todo, Dios lo quiere, la obra es de Dios, Él lo quiere, arrasemos… Organicemos desde Europa la Misión en todos los confines paganos buscando llegar lo antes posible a anunciar la Fe en todos los lugares donde jamás haya sido anunciada…”.
No tengo nada pero estoy en la mejor situación posible ya que a Dios le gusta hacer maravillas cuando el apóstol solo tiene medios pobres: fe, oración y penitencia…
Que Dios nos dé la gracia de perseverar hasta la muerte en los sueños misionales y en el anuncio del Evangelio a los pueblos donde jamás fue anunciado.

Padre Federico
Misionero en Extremo Oriente
O. San Elías
12/5/16

Como la Hemorroísa
(Crónica sobre la primer católica de una remota aldea himaláyica)

I.-

Casi recién llegado a una enorme zona de la Meseta Tibetana carente de misioneros y donde la Iglesia no existe (la cual dimos en llamar “Zona H”), ubicamos nuestro Centro Misional en la muy remota aldea de “Elrod”.
Excepto, en la “capital” donde hay unas 20 familias de católicos, en toda la enorme Zona H no hay ningún católico. En la Zona H hay muchísimas aldeas e incluso hay algunas ciudades. Una de esas aldeas es “Elrod”. Allí una Congregación de Hermanas fundó una Escuela hace seis años. Ese colegio es la base católica más remota de toda la enorme diócesis. Es como la frontera septentrional de la Diócesis. Más al norte de esa escuela, se extiende aun mucho más la jurisdicción de la Diócesis pero no hay nada católico, ni siquiera una ermita o un sacristán. Nada “al cuadrado”. Y si seguimos subiendo hacia el norte, una vez que se terminan los confines diocesanos, empieza otra zona más remota aun, en la que, hasta donde averigüé (y averigüé mucho) parece que no hay ni siquiera diócesis (no sé como se clasifican canónicamente esos parajes). A esos parajes que huelen a res-nullius-canónica (aunque me dijeron que ya no existen lugares que canónicamente sean res nullius), no se puede entrar de ningun modo (pero, no perdemos las esperanzas ya que “no hay nada imposible para Dios”).

II.-

Volvamos a nuestra querida “Elrod”. Casi recién llegados, y sin saber una jota de las lenguas locales (de todos modos, estos idiomas carecen de jotas), decidimos ir a visitar las casas de los paganos, es decir de casi todos. Pero, decidimos empezar por las casas donde habían enfermos.
En todo Elrod sólo habían dos personas católicas. No son de Elrod sino que están de paso. Estamos hablando de la Hermanita Marta y de una Profesora laica (“Mónica”) que fue novicia y que debió dejar los hábitos por un problema de salud. Ellas no podían acompañarnos a visitar las casas porque debían atender la escuela y el pequeño Orfanato que heroicamente manejan.
Ni Tomás (el voluntario salteño que me acompañó) ni yo sabíamos las lenguas locales, así que no nos quedó otra que ir a visitar casas con dos protestantes nativos para que nos hagan de intérpretes. Lo digo de pasada y en otra crónica volveremos sobre el tema: estos cristianos no solo no tienen un pelo de anti-católicos sino que ni parecen conocer que hay alguna diferencia de peso entre el Catolicismo y el Protestantismo.

III.-

Nos juntamos en la escuelita, agarré la Cruz y la Biblia, hicimos una breve pero ferviente plegaria (los traductores rezaban con un ímpetu tremendo) y comenzamos la marcha a las casas de los enfermos. Pero, bastó que diéramos unos pocos pasos (no fueron más de cuarenta metros) para que Dios nos mande la primer enferma -llamada Mahia-, una mujer hinduista, la cual venía caminando despacio despertando la compasión con su solo paso, como la hermorroísa.
La saludamos inmediatamente y le ofrecimos rezar juntos en su hogar. Ella aceptó feliz y nos llevó a su ranchito, donde estaba su marido y otra señora, que también vive ahí.
La señora enferma se llamaba Mahia. No sabía su edad pero ella calculaba que tenía 65 años, aunque parecía de 80. Era delgadísima.
Al momento de la visita, en la casa eran todos paganos; no sé si eran budistas o hinduistas, pero al menos Mahia era hinduista, aunque uno de sus hijos es Lama, esto es, monje budista.
Como ella había aceptado nuestro ofrecimiento de rezar por ella, luego de muy poco pero muy amigable proemio, empezamos con el apostolado propiamente dicho.
Antes de comenzar a rezar, había que introducirla a la oración, esto es, había que explicarle qué es lo que iba a hacer, no sólo para evitar todo lo forzado sino para que ella aproveche al máximo la plegaria. Por eso, le expliqué sintéticamente los puntos más esenciales de la Santa Fe Católica. Más que una simple explicación fue propiamente una predicación directa de la Fe a los paganos (además de ella, estaba su marido y la otra señora).
Luego, le expliqué que la Cruz que le estaba mostrando era de Tierra Santa y tenía cuatro reliquias de muy importantes lugares del Señor: el Calvario, Getsemaní, el Cenáculo y el Santo Sepulcro. A la vez, la exhorté a rezar con fe grande en Jesucristo diciéndole que si rezaba con fe, podía obtener el milagro de la curación ya que Jesucristo es Dios, es Omnipotente y la ama a ella hasta el punto de haber dado la vida por ella.
Ella recibió de mis manos la Santa Cruz y durante unos cinco minutos se puso a rezar en silencio con un porte externo que competía en humildad con las grandes Santas del Empíreo Cielo. Los presentes acompañamos su devota oración con nuestras plegarias. La bendije con la Cruz, tomamos un té (creo que un té con sal, como toman acá) y les ofrecí bendecirles la casa, todo por medio de traductor, claro.
Les bendije la casa, recé por la conversión de toda la familia, los paganos quedaron muy contentos y nos fuimos.

IIII.-

Mahia, siendo devota de los ídolos hindúes, durante varios años estuvo padeciendo grandemente una enfermedad en los ojos. Recuerdo haberla visto con dos manchas blanca en los ojos, que ya no las tiene. Esta enfermedad la hacía sufrir mucho.
Pero, luego de que rezamos con la Cruz invicta, Dios la curó milagrosamente. Nosotros no sabíamos esto, pero ella nos contó de la parcial curación en una segunda visita, lo cual me sorprendió pero no me sorprendió tanto ya que hace un mes que un antropólogo francés -que hace veinte años vive en Nepal- me dijo que en los Himalaya hay muchísimos casos de paganos que obtienen curaciones milagrosas por rezarle a nuestro Señor Jesucristo, el único Salvador del género humano.
Durante el Ministerio Público del Señor y, en general, en los primeros tiempos del Cristianismo, Dios hacía muchos milagros para que los paganos se convirtiesen. Pero, como el Himalaya aun es tierra pagana, Dios en este Tercer Milenio sigue obrando milagros, para que los paganos aborrezcan los ídolos y se conviertan al Dios verdadero.

V.-

En la segunda visita, Mahia profesó creer en nuestro señor Jesucristo pero aun no quería renunciar a los ídolos. El marido, también pagano, la retó exhortándola a que se decida por una de dos, o por Cristo o por los dioses hindúes. La amonestación del esposo me recuerda aquella célebre de San Elías Profeta.
El marido, a su vez, dijo que él quería hacerse cristiano, pero que esperaría que la señora diese el primer paso, quizás movido de aquel dicho criollo que reza “las mujeres primero”.
La otra señora (no recuerdo su nombre ya que acá los nombres no-cristianos, o sea, casi todos, son muy difíciles) dijo que ella también quiere hacerse cristiana, pero que, al revés del señor, debía esperar que su marido se convierta pues sino tendrá serios problemas.

Pasados unos días, un vecino me contó del milagro -aunque ya lo sabíamos- y me dijo que Mahia ya cree en Cristo y que quería que el Sacerdote la vuelva a visitar.
Así fue que volvimos, esta vez sin protestantes sino con las Hermanas, o mejor, con una Hermana y una Candidata -que es como una postulante-.
Mahia volvió a hablar del milagro, le aclaramos que el milagro no fue hecho por nosotros sino por Cristo y nos dijo una hermosa frase inspirada: “ya estoy preparada para hacerme cristiana”.
Acto seguido, le preguntamos si quería bautizarse. Ella respondió que si la iglesia estaba lejos que entonces ella no podía ir habitualmente al culto, pero como no tenemos iglesia, le dijimos que en su caso bastaba con que rece en su casa.
Luego, inmediatamente y con grande gozo, manifestó deseo de bautizarse.
En medio del inmenso gozo que nos invadía, le ofrecimos empezar en el acto con la primera clase, lo cual ella aceptó gustosa. Así, en un paupérrimo y perdido ranchito de los Himalaya, comenzaba formalmente el Primer Catecumenado.
Es interesante mencionar que durante el coloquio, yo no entendía nada pero las Hermanas me iban traduciendo. Por eso, para predicar de algún modo, durante la conversación con Mahia, ejercité el noble oficio de crucífero, esto es, exhibía la Cruz invicta con sus sagradas reliquias, sostendiéndola sobre mi corazón sacerdotal, que se regocija de gozo ante esta, la primer conversión de la aldea, y no solo de la aldea sino de una zona vastísima, sobre la que, en la Santa Misa, imploramos a Dios derrame a raudales el impagable don de la conversión.

Padre Federico
Misionero en Extremo Oriente
O. San Elías
30/6/16

Un vinito y una conversión

Si bien hace solo un mes y medio llegué a misionar a los Himalaya, hay mucho para escribir pero como el tiempo urge, iré contando sólo aquello que me parezca puede redundar en mayor fruto, como ser el asunto de esta breve crónica que no es sino el mejor asunto de todos: la conversión.
El Padre Carrascal en su ya clásico “Si vas a ser misionero”, como al paso, distingue dos tipos de misioneros según sea su itinerancia: “Si hay misioneros errantes, que cambian continuamente sus tiendas de un lugar a otro, siempre con nuevas aventuras; hay también misioneros, sobre todo los de las cristiandades ya formadas, cuya vida no se diferencia mucho de la de nuestros párrocos y curas de pueblo”.
Nuestra experiencia en estos días fue la de la primer clase de misioneros según la precedente distinción, esto es, la de los misioneros errantes que cambian continuamente de lugar, siempre con nuevas aventuras. En efecto, si bien, tenemos un centro misionero en una remotísima aldea, Dios tenía pensado para nosotros un itinerario bastante viajero y parece que así será, al menos por un buen tiempo.
En este marco de nomádicas andanzas, debí ir a una ciudad lejana con el Intendente de la aldea del centro misional. Es bastante más que un Intendente pero el nombre de su cargo, además de impronunciable, no sé del todo qué significa. Incluso, si lo comparamos con el sistema argentino, más bien parece un Gobernador que otra cosa. Debí viajar con él para ver al Obispo y para renovar el permiso de residencia en la aldea donde me encuentro, el cual permiso es del todo excepcional y no sé cuanto tiempo más va a durar -no lo sé, mas lo encomiendo a Dios y las plegarias del Pueblo fiel-.
Llegamos ayer a la tarde. Nos alojamos en una casa del Gobernador, donde me recibieron con grande agasajo, como si yo fuera alguien importante. Si bien es la casa de una Autoridad de grande jerarquía, la casa no tiene ducha (como en buena parte de esta zona), es difícil encontrar un enchufe y para salir de la casa trepan unas rocas cuidando de no llevarse puesto un cable con el cual hoy se me quedó enganchada la mochila. Simpático.

El lector apurado quizás me reprochará que esté dando varios rodeos antes de entrar en el tema de esta crónica, pero creí conveniente hacer algún proemio por el estilo, a modo de composición de lugar, usando el lenguaje de los Ejercicios Espirituales.

El tema de esta crónica es una conversión, la cual vino totalmente de improviso. A menudo los buenos católicos invierten horas en demostrarle a los protestantes que están en el error y que deben hacerse católicos (y hacen bien, muy bien), pero esta vez, Dios quiso que la conversión se dé en media hora. Lo cuento breve, no sólo para no cansar sino porque el hecho fue muy breve. Es tan breve como grandioso.
La Cordillera Himaláyica es una zona pagana como pocas -y me atrevo a decir que podría considerarse como el epicentro del Paganismo mundial-, pero eso no quita que las sectas protestantes no estén penetrando hace tiempo. Al contrario: hasta donde pude ver, hay protestantes nativos y son muy proselitistas.
Como decía, nos alojamos en la casa del Gobernador. Hoy a la tarde, luego de celebrar la Santa Misa en una Parroquia cercana y haber hablado con un catequista muy especial (quien, convencido de que Dios lo movió a profetizar, me dijo que estaré por estas zonas “cinco años”), volví a la casa -que casi no encuentro pues acá no hay numeración ni carteles con los nombres de las calles-.
Recién llegado, me puse a leer la vida de unos siervos de Dios que antaño misionaron estos lares, hasta que entró en mi pieza un vecino joven de 29 años llamado Kubier, con un inglés limitado pero suficiente para mantener un diálogo. Venía con una cruz al pecho -en esta casa, hace tiempo son todos cristianos- y me ofreció el típico té negro.
Yo no estaba inspirado en lo más mínimo, padecía al demonio del mediodía, no se me ocurría nada para decir y tampoco es que él tenía muchas cosas que decir. Sensiblemente quería volver a mi lectura hagiográfica, pero la conversación siguió.
Me dijo que era cristiano, lo felicité; me preguntó si yo era pastor y le dije que soy Sacerdote; inquirió si estoy casado y le dije que los curas para imitar a Cristo, no nos casamos; le pregunté si era “bautista” y me dijo que sí y él me dijo que muchos protestantes de acá critican a los “R.C.” (así, los protestantes nos llaman acá a los católicos) pues los R.C. “usan de todo”, esto es, pueden fumar, tomar alcohol y las mujeres casadas pueden ponerse un punto rojo en la frente como las hindúes.
El Gobernador es protestante y si yo le explicaba a Kubier a fondo el problema de la herejía luterana, podría armarse un revuelo en esta casa y me mandan de vuelta a la mía, lo cual alegraría a mi madre pero significaría el fin de la Misión… Pero, la Verdad es la Verdad y no puedo callarla, así que le expliqué que no tiene nada de malo tomar o fumar salvo que se lo haga con exceso y que, por otra parte, la “Iglesia” Bautista no fue fundada por Cristo sino que es un invento moderno, meramente humano y anglosajón. Le dije que me traiga su biblia y le mostré que estaba incompleta porque Lutero, a quien Kubier no conocía ni de nombre, había mutilado las Sagradas Escrituras, y que por tanto, permítase la pedagógica antítesis apologética, los protestantes (término nuevo para Kubier) son los “destructores de la Biblia” y la Iglesia Católica es la “defensora de la Biblia”. Rematé la breve lección con el expediente de la fecha de nacimiento de la Iglesia Católica (la única bimilenaria) y la de las sectas hijas del miserable de Lutero, cuyo infeliz “aniversario” padecemos este año.
Como Dios lo bendijo grandemente, tenía buena intención, entendió la explicación y, quizás (agrego yo maliciosamente) tenía ganas de tomarse un buen vinito, me dijo sencillamente: “desde este domingo, iré a la Iglesia Católica”. Le dí un abrazo y me salió un “Praise the Lord”, que es una de las expresiones preferidas de los protestantes de acá (a cada rato la dicen).
Luego, le dije que somos amigos, le volví a preguntar el nombre y se fue.
La cena está lista, la seguimos otro día.
¡Viva la Misión!

Padre Federico
Misionero en Extremo Oriente
O. San Elías
(25/5/16)

¡Dios quiere arrasar!

Hace un mes, en la Fiesta de San José, por gracia de Dios, penetramos en la Meseta Tibetana, no por turismo, voluntarismo, aventurerismo, modas culturales o coqueteos con la ciega infidelidad, sino para convertirla, mal que les pese a los profetastros de sincretismos, irenismos y falsos ecumenismos, que hoy son tenidos como los garantes de la pregonada paz del Nuevo Orden Mundial.

Contra todos los pronósticos de los nativos entendidos y los eclesiásticos de la zona, Dios comenzó, a través de dos paupérrimos e incautos jóvenes venidos de Argentina, una obra, que ya dió sus frutos y que se perfila enorme.

En efecto, Dios hizo un milagro por medio de una Cruz de Tierra Santa con cuatro reliquias y ese milagro sobre una anciana pagana con serios problemas de vista, ese milagro sobre sus ojos corporales fue la ocasión que la llevó a comenzar a ver con sus ojos espirituales, que hasta entonces estaban cerrados. La curación corporal la llevó a curarse de la ceguera espiritual en virtud de la cual estaba encadenada a un todo absurdo panteón de monstruosos ídolos en los que en vano ponía su esperanza.
Siguiendo ella una moción interior inspirada por el Espíritu Santo, la cual le decía que “si comenzaba a seguir a Jesús, ella se curaría”, aceptó, de manos de los Misioneros, la Cruz invicta y rogó con humildad de pastor bethlemita y fe “bartimeica” y, así, obtuvo el milagro que cual celestial escala la llevó a esta madre de un Lama a aceptar gozosa el inefable don de la Fe Católica, que Dios se recrea en otorgar a Sus preferidos, que son los pobres y humildes de corazón.
Informado el Obispo, cuya súbita reacción fue exhortar a alabar a Dios, y las Hermanas que, contra Lamas y deslizamiento de lodos, llevan a cuestas una remotísima escuela misional, hicimos el primer Pratna Saba de la aldea en la que ocurrió el milagro -esa aldea en la que antes del dicho hecho, la cifra de católicos se elevaba a cero-, esto es, hicimos el primer Servicio de oración, es decir, una reunión simple en la que los católicos rezamos, cantamos, alzamos nuestras preces, se leen las Sagradas Escrituras y se comparte el pan material.
El encuentro tuvo lugar en la casa de la conversa, quien, hasta donde ví, en ningún momento dejo de tener sus manos juntas en medio de su rostro, lo mismo que su, también muy sencillo, esposo quien desde hace dos días, esto es, desde la Fiesta del Inmaculado Corazón de María, es católico.

Luego de la conversión de su esposa, él pidió una Biblia. No nos consta que sepa leer, pero él estaba feliz cuando recibió un enorme tomo de la divina Revelación. Su primer reacción no fue abrirla para leerla sino ponérsela sobre su cabeza, anticipando con su sumiso gesto lo que instantes después haría, esto es, convertirse al Dios vero, lo cual hizo al decidir hacerse católico. Su gesto fue doble, porque no sólo apoyó la Escritura sobre sí sino sobre su esposa, implorando la divina protección para ella y, de algún modo, poniéndola bajo el dulce yugo de Cristo, sobre el cual ella ya se había puesto, liberándose así del infernal yugo de ídolos zoológicos provistos de tridentes, rodeados de serpientes y protagonistas de fornicarias sagas.
El Pratna Saba, que tendrá frecuencia semanal y horario fijo, contó con la asistencia de algunos Misioneros de otro puesto que acudieron a engrosar las filas de este, el primer evento católico de esa y aledañas aldeas- que haya tenido lugar fuera de la conventual escuelita. Participaron también los pocos niños del Orfanato misional y, como en un momento salí del rancho y con señas invité a uno que pasaba y él entro de curioso, al final, además de los misioneros, participaron tres nativos, tres almas que, sin saberlo, son el grano de mostaza que no es una trillada metáfora sino la evocación del “nacimiento local” de la Iglesia que comienza a ser plantada en estas tierras del Buda, que pronto será destronado.

Pasado el evento, que nada fue al lado de la Misa de Corpus a la que los proto-conversos asistieron horas antes del Pratna Saba, oyendo con los demás Misioneros música sacra “triunfalista” (en la línea del Gloria de Vivaldi), una idea me vino al alma, y parece que vino para quedarse, porque no se me va: “¡Dios quiere arrasar!”.
Y es así ya que Dios desea hacer grandes epopeyas misionales y las puede hacer sin problema ya que “no hay nada imposible para Dios”. Si Él abrió los mares para salvar a los judíos de una servidumbre temporal, ¿qué no querrá hacer para salvar a las Naciones Paganas de la esclavitud a la que hace milenios las tiene sometido el demonio por medio de la idolatría y la infidelidad?

Dios quiere arrasar. ¡Viva Dios!

Padre Federico
Misionero en Extremo Oriente
O. San Elías
30/5/16

(continuará…)

 

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