Parresía

Modelos de parresía

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Tendremos a la vista para emularlos los máximos ejemplos de parresía con que Dios nos edificó a lo largo de la Historia, empezando por nuestro Señor Jesucristo, “verdadero Dios y verdadero hombre”, Quien es la misma Santidad.
El Señor nos da un ejemplo insuperable de parresía.
Al Señor lo mataron por predicar la Verdad. En efecto, “querían matarle no en cuanto transgresor de la ley, sino en cuanto enemigo público, porque se hacía rey” (III, q. 47, a. 4, ad 3um). El mismo ejemplo de vida del Señor nos convence de que hay que proclamar con más énfasis aquellos artículos de la fe que el mundo más rechaza. Mas, ¿para que hacer esto? En primer lugar en atención a confortar a los fieles en su fe y en segundo lugar porque la misma proclamación que suscita la auténtica caridad pastoral, obra como exorcismo.
El mismo Señor dijo, “No he hablado nada a escondidas” (Jn 18,20). En efecto, Cristo no enseñó “nada a escondidas, porque exponía toda su doctrina, bien a todo el pueblo, bien a todos sus discípulos. De donde escribe Agustín In loann.: ¿Quién habla a escondidas cuando habla en presencia de tantos hombres? ¿ Y más cuando, hablando a pocos, quiere que, por medio de ellos, sea conocida por muchos?” (III, q. 42, a. 3). Cuando el Señor “creyó digno comunicarles [a sus discípulos] su sabiduría, no se lo enseñó a escondidas, sino en público, aunque no todos lo entendiesen” (III, q. 42, a. 3, ad 2um).
A su vez, como de Él se había profetizado en Is 8,14, Él fue piedra de tropiezo y piedra de escándalo para las dos casas de Israel.
He aquí que el Señor, a pesar de su escándalo de los fariseos, enseñaba públicamente la verdad, que ellos aborrecían, y reprendía sus vicios para procurar la salvación del pueblo, como explica Santo Tomás: “La salvación del pueblo debe preferirse a la paz de cualquier hombre particular. Y, por este motivo, cuando algunos impiden con su maldad la salvación del pueblo, no ha de temer su escándalo el predicador o el doctor, a fin de proveer a la salvación del pueblo. Pero los escribas, los fariseos y los príncipes de los judíos impedían mucho, con su malicia, la salvación del pueblo, ya porque se oponían a la doctrina de Cristo, por la que solamente podía conseguirse la salvación, ya porque con sus costumbres depravadas corrompían también la vida del pueblo. Y por eso el Señor, a pesar de su escándalo, enseñaba públicamente la verdad, que ellos aborrecían, y reprendía sus vicios. Y por eso, en Mt 15,12.14 se lee que, cuando los discípulos dijeron al Señor: ¿Sabes que los judíos, al oír tus palabras, se han escandalizado?, les contestó: Dejadlos. Son ciegos y guías de ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la fosa” (III, 42, 2).
Es de considerar que “La reprensión pública de los escribas y fariseos por Cristo no impidió, sino que más bien promovió el efecto de su enseñanza. Porque al quedar al descubierto los vicios de aquéllos ante el pueblo, éste se apartaba menos de Cristo a causa de las palabras de los escribas y los fariseos, que se oponían siempre a la enseñanza de Cristo” (III, q. 42, a. 2, ad 2um).
Mencionamos algunos otros arquetipos para nuestro espiritual aprovechamiento: los Precursores del Señor, el de Su Primera Venida. San Juan Bautista y el de Su Segunda Venida, San Elías; los Santos Apóstoles; San Esteban; San Atanasio, San Juan Crisostomo, San Francisco Xavier, San Vicente Ferrer, San Berardo y Compañeros Mártires, San Nicolas Tavelic y Compañeros Mártires, el Beato Marco D’Aviano, San Francisco Solano , Santa Catalina de Siena y Leonardo Castellani S.J.
San Juan Bautista, flecha bruñida cuya boca era espada afilada (cfr. Is 49: “Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida llamado por el Señor”), el mayor “entre los nacidos de mujeres” (Mt XI, 11), modelo inmenso de predicador parresíaco, fue comparado por el mismo Verbo con el campeón de la parresía profética, San Elías. El parangón entre ambos es tan cercano que el Señor dijo que el Precursor “es Elías el que ha de venir” (Mt XI, 14). San Jerónimo nos explica esta divina comparación, subrayando la parresía que a ambos contradistinguía: “A Juan, pues, se le llama Elías, no como lo entienden los filósofos necios y algunos herejes, que sostienen la vuelta de las almas, sino que ha venido, según otro pasaje del Evangelio, en el espíritu y en el poder de Elías ( Lc I) y tuvo la misma gracia y la misma medida del Espíritu Santo. También son iguales la austeridad de vida y severidad de espíritu de Elías y de Juan, uno y otro ceñían un cinto en el desierto. Aquel se vio obligado a huir por haber reprendido el rey Acab y a Jezabel por sus impiedades ( 1Re XIX), y éste es decapitado por haber reprendido a Herodes y a Herodías, por sus bodas ilícitas ( Mc VI)”.
San Juan Bautista, como dice San Beda, padeció mucho por Cristo, pero “todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin”. Es más, “la muerte —que de todas maneras había de acaecerle por ley natural— era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna”
San Francisco Solano, por mencionar un ejemplo, fue un modelo de parresía. De él se cuenta lo siguiente.
“Salía del convento a visitar la cárcel y los hospitales, a conversar con la gente de la calle, y no precisamente de las variaciones del clima. Sacaba el crucifijo de la mano, y les decía: «Hermanos, encomendáos a nuestro Señor, y queredle mucho. Mirad que pasó pasión y muerte por vosotros; que éste que aquí traigo es el verdadero Dios». Su parresía apostólica, su libertad y atrevimiento para transmitir el mensaje evangélico, era absoluta. En el corral de las comedias, lugar mal visto y medio censurado, él entraba tranquilamente, irrumpía en el tablado y, con el crucifijo en la mano, decía algo de lo que tenía con abundancia en el corazón: «Buenas nuevas, cristianos… Este es el verdadero Dios. Esta es la verdadera comedia. Todos le amad y quered mucho». Y si algún farandulero se quejaba, «Padre, aquí no hacemos cosas malas, sino lícitas y permitidas», él le contestaba: «¿Negaréisme, hermano, que no es mejor lo que yo hago que lo que vosotros hacéis?»…”.

 

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