Carisma Eliata

Carisma Eliata

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El carisma es predicar la Verdad con la más heroica parresía para que Dios sea máximamente glorificado.

He aquí que, por carisma, anunciaremos la Santa Fe Católica “a la luz del día” (Mt X, 27) pregonándola “desde las azoteas” (Mt X, 27), sin temer “a los que matan el cuerpo” (Mt X, 28), siendo nuestro “lenguaje ´Sí´por sí, ´No´por no” (Mt V, 37) sabiendo que “lo que de esto pasa proviene del malvado” (Mt V, 37).

Contra viento y marea, anunciaremos a Jesus, Aquel que dijo “todo aquel, pues, que se declare por mí ante los hombres, también yo me declararé por él ante mi Padre, que está en los cielos; mas quien me niegue a mí ante los hombres, también yo le negaré a él ante mi Padre, que está en los cielos” (Mt X, 32-33).

Como San Pablo, ” renunciamos a todo encubrimiento vergonzoso del Evangelio” (2 Cor 3) y procederemos “sin adulterar la palabra de Dios” (2 Cor 3), “dando a conocer la verdad” (2 Cor 3), “siempre y cabalmente” (sal 118).

Aunque todos cedan ante las modas del siglo y “aunque tiemble la tierra con sus habitantes” (sal 74), el apóstol parresíaco cual “profeta del Altísimo” (Lc 1) con todo fervor, “expone la sabiduría, [y] su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan” (sal 36). El apóstol parresíaco, por tanto, siempre podrá decir, con el Salmista que “odi(a) la senda del engaño” (Sal CXIX, 104) y que “aborre(ce) el camino de la mentira” (Sal CXIX, 128).

Como pide S.S. Francisco, anunciaremos a Cristo Crucificado “con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente” (EG, 259), siendo centinelas que ni de día ni de noche dejen de anunciar el nombre del Señor.

Mientras tantos ” discursean profiriendo insolencias [y] se jactan los malhechores” (sal 93), la Orden San Elías aspira a reaccionar haciendo suyo el célebre clamor de Santa Catalina de Siena: “¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!”.

Así como las diversas creaturas del Universo reflejan diversas perfecciones de Dios, del mismo modo las diversas Órdenes Religiosas reflejan diversas perfecciones (y misterios) del Verbo Encarnado, unas enfatizando más un aspecto y otras otro (“a los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo” Rom 8). De este modo, las Órdenes glorifican al Verbo Encarnado. La OSE buscará reflejar un aspecto del Verbo Encarnado que hoy en gran medida es enormemente silenciado: la parresia del Verbo Encarnado, la cual se ve a lo largo de toda Su Misión y especialmente en ciertos Misterios Suyos (la muerte en Cruz debida a Su predicación sobre Su filiación divina, la predicación vehemente a los escribas y fariseos, el sermón eucarístico que le valió el abandono de una gran multitud de seguidores, …). La parresía de Cristo es tan manifiesta que Su vida terrena fue sintetizada por Castellani con estas palabras: “luchó contra el fariseísmo” o, en otras palabras, la misión principal de Cristo, fue combatir el fariseísmo.

La Orden será clerical, mas se aceptaran también hermanos coadjutores. Los hermanos no se dedicaran a tareas domésticas sino que se entregaran de lleno al apostolado.

A su vez, habrá una Tercera Orden, la Tercera Orden Eliata.

 

Importancia del carisma

El gran mal del mundo actual es la hipocresía, la cual consiste en fingir cualidades contrarias a las que verdaderamente se tienen. Contra este mal, la virtud más urgente es la parresía, que hoy apenas existe. Por eso, urge nazca en la Iglesia una Orden cuyo carisma específico sea la predicación parresíaca ya que de este modo los fieles hallarán un estimulante ejemplo de la virtud opuesta al gran mal de nuestra época –y se verán movidos a emularlo- y el mundo podrá conocer la vera doctrina de Cristo y admirar la coherencia y la osadía de los hijos de Dios.

A este respecto, valga tener presente que el hombre actual mas que profesores, necesita testigos enardecidos de la Verdad. Por eso, para dialogar con el mundo actual, los interlocutores privilegiados son los testigos encendidos de la Verdad Crucificada –que dan razón de su esperanza-, y no los “perros mudos” y los expertos en negociaciones.

No sólo está la hipocresía de los malos –que llaman mal al bien, y bien al mal- sino de la de los supuestos fieles de Cristo. La “hipocresía de los fieles” se traduce muy a menudo en un esquizofrenia existencial que consiste en la profesión y práctica privada de la Fe y en un simultáneo silenciamiento (o disimulo o negociación) de la Fe en la vida pública. Esta es una actitud hipócrita ya que si no se es misionero, no se es cristiano *. Este silencio hipócrita de tantísimos católicos muy frecuentemente se debe a la cobardía. Ante esta hecatombe de cobardía generalizada, el Papa nos exhorta con estas palabras: “¡No nos hagamos los distraídos! Hay mucho de complicidad” (EG,211).

La hipocresía de los malos es hoy muy grande. Y, como a grandes males se deben oponer grandes soluciones, urge inaugurar una acción misional parresíaca lo más intensa, dinámica y extendida posible, hablándole al mundo con suma claridad, a este mundo para el cual muchas palabras “se han vuelto molestas” (EG,203)… “¡Cuantas palabras se han vuelto molestas para este sistema!” (EG,203).

A su vez, hay muchísimos que llaman mal al bien y bien al mal, pero aun no oyeron el anuncio de la Buena Nueva. A ellos se debe dirigir de un modo prioritario nuestra acción misional.

Sabiendo que la situación actual es semejante a la de los primeros cristianos que, en medio de persecuciones, luchaban para evangelizar el Imperio Romano y que “la humanidad vive en este momento un giro histórico” (EG,52), la Orden San Elías quiere aprovechar la coyuntura del Tercer Milenio para anunciar a Cristo al mundo entero, sabiendo que, por la acción divina, todos los acontecimientos “se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados” (EG,84) pensados por Dios desde toda la Eternidad.

La Orden San Elías misionará para que Dios sea máximamente glorificado y para que se salven las almas. Buscará salvar las almas participando así de la Misión de Cristo que vino a salvar “a su pueblo de sus pecados” (Mt I, 21).

Los Religiosos de la Orden sabrán, con San Pablo, que “el mismo Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas», ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para que demos a conocer la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2 Cor 3).

 

  • cfr. DAG, 1: “Si no soy misionero, entonces no soy cristiano”.

 

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