Reflexiones espirituales y misioneras

 

Diplomacia mundana o Misión Crucificada

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Un país no se convierte con acuerdos diplomáticos -sea eclesiásticos o sea civiles- sino con la predicación heroica y santísima de Cristo Crucificado.
Ante Dios y la Eternidad, de nada sirve que los reyes paganos estimen a la Iglesia como una institución venerable si el precio de esta estima es la renuncia eclesial a la predicación.
Dios no fundó una Iglesia respetable sino la Santa Iglesia Católica, la cual por propia naturaleza es Apostólica y no diplomática.
No queremos reyes paganos que respeten y aún veneren a la Iglesia sino Reyes que se conviertan y supliquen a la Iglesia la inmerecida gracia del bautismo.
Para convertir el mundo pagano, la Iglesia no sólo no necesita que los reyes infieles confíen en Ella sino que, salvo que se conviertan, esta confianza de los reyes impíos en la Iglesia a menudo es más bien signo de que la Iglesia se acomodó al mundo, de que no lo molesta, esto es de que evita el escándalo de la predicación. La Iglesia no quiere que el mundo confíe en Ella si el precio de esta confianza es que el mundo persista en su negación de Dios. La Iglesia no quiere esta confianza de los poderosos en Ella si el precio a pagar es la renuncia a la predicación de Cristo. Si la Iglesia deja de ser misionera, pierde su razón de ser, por lo que la confianza de los potentados en una Iglesia no-misionera es la confianza en una prostituta, no la confianza en la Iglesia Santa.
La Iglesia no tiene ningún deber de ser completamente transparente frente a los reyes paganos si por transparencia se entiende la renuncia absoluta a resistir las leyes injustas que prohíben la evangelización. La Iglesia tiene el deber y el derecho divinos de predicar a Cristo y si el mundo se lo prohíbe, podrá hacerlo en la clandestinidad de las catacumbas o imitando al Beato Pro o San José Vaz en sus ocurrentes y jugadísimas correrías aunque el precio a pagar sea el derramamiento de la sangre.
La Iglesia no debe buscar complacer al mundo sino convertirlo. Si la Iglesia predica a Cristo Crucificado, el mundo malo se indignará y la perseguirá … o se convertirá. De nada sirve mantener contento al mundo malo si el precio a pagar es renunciar a ir a convertirlo.
Los primeros cristianos no temieron contristar, indignar y aún provocar y desafiar a los reyes del mundo. No mendigaron favores ni honores ni privilegios institucionales a cambio del silencio o la renuncia al apostolado. Tanto heroísmo les costó la vida. Mas así convirtieron el que quizás fue el Imperio pagano más grande jamás habido.
Los protestantes modernos suelen ser muy proselitistas en los países paganos. Pero, el problema del protestantismo no es que sean demasiado proselitistas, que prediquen inoportunamente, que no tengan miedo en ir anunciar de frente a Cristo en medio de los campos minados del Paganismo, que armen eficaces redes clandestinas para difundir el Evangelio en medio de los reductos del Paganismo. No, no es este el problema. El problema es su carácter herético y sectario. La actual y virtual parálisis de la misión ad gentes en la Iglesia Católica -que es la única verdadera- y el contemporáneo y humanamente imparable auge del proselitismo protestante en los campos del paganismo mundial (¡y no sólo en los campos del paganismo!), nos permite preguntarnos si el misterioso motivo de la divina permisión del actual éxito del proselitismo sectario no es sino el de avergonzar a la Iglesia para despertarla de su modorra (y herejía) anti-misionera.
La Iglesia no debe guiarse por un mero instinto de cautela ante la sensibilidad de los pueblos paganos buscando de insertarse sin levantar demasiado la perdiz, sino cumplir su Misión de Madre y Maestra de las Naciones yendo con parresía a anunciar a Cristo valiéndose sobre todo y quizás exclusivamente de la búsqueda de la santidad personal y de los poderes divinos con lo que la dotó el divino Maestro.
Los apóstoles y los primeros cristianos misionaron en la más absoluta ilegalidad y no tuvieron problema para hacerlo pues sabían que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Los apóstoles misionaron “delincuencialmente” -en tanto la ley positiva prohibía el “proselitismo”- pero nada los arredró en sus titánicos esfuerzos aun cuando tanta osadía les costó la vida, como se ve en el terrible hecho de que, salvo San Juan, todos ellos murieron martirizados, a ejemplo del divino Maestro que fue crucificado enfrentando la legalidad (y el legalismo) de la Sinagoga.

p. Federico

Misionero en Extremo Oriente

Cordillera del Himalaya, 30/1/16

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