Dialogando con dos turcos en Estambul

De pasada por Estambul, obligada escala en mi viaje a Argentina para renovar la visa  (una de las típicas cruces del misionero), sin tener tiempo de recorrer la otrora capital de la Cristiandad Bizantina, me senté en una mesa para comer un frugal almuerzo mientras repasaba un interesante texto de Valdemar Vedel sobre la poesía épica.
El diminuto bar aeroportuario era atendido por Sival, una joven turca con su típico velo. Junto a ella, había otro negocio atendido por Alí, un turco amante del fútbol argentino.
Mientras yo comía y leía, me dí cuenta que Sival estaba curiosísima por saber porqué yo vestía una sotana. Muy probablemente, era la primera vez que veía a un blanco con semejante atuendo.
Pasado un rato, Alí me preguntó por River y Boca, y Sival, sin resistir más la curiosidad que la torturaba, me preguntó quién era yo. Unas vecinas de mesa respondieron “es un sacerdote”, y yo, con santo orgullo, aclaré “soy católico, sacerdote católico”. Sival, entonces, dijo “como los imanes”. La analogía me irritó sobremanera y, sin mostrarle mi enojo, le dije un rotundo “¡no!”, “los imanes sólo predican, los sacerdotes predicamos y ofrecemos el Sacrificio”. Ella, sin sospechar el significado de mis palabras, dijo “vos no sabes…” (¿?). Quizás creía que no sé que los modernistas quieren “imanizar” el sacerdocio católico inventando una “misa” a-sacrificial (ironía on).
Acto seguido, tuvimos un raro diálogo con Sival y Alí, que resumo en estas líneas.
Ella me preguntó si estaba casado, y le respondí que estoy casado con la Iglesia. Ella se quedó impactada.
Luego, le pregunté si conocía a Cristo y me dijo que es un amado profeta. Le repliqué que es mucho más que eso, y ella me dijo que para su religión, no es sino un profeta. Entonces, le pregunté si conocía los suras de Al-Bujari, y luego de su respuesta afirmativa, la interrogué sobre las razones por las cuales Mahomet consumó su unión con una párbula de nueve años.
Trató de defenderse diciendo que yo quería convertirla y trajo a colación que hay cristianos en Turquía  (deben ser protestantes ya que los católicos estamos embobados con la novela del diálogo-sin-fin-ni-sentido) que dejan “olvidadas” en los lugares públicos cintas de papel con citas bíblicas  (¡una buena idea misional para que tomemos nota y nos redimamos de nuestro buenismo dialoguicista!).
Después que adució la débil defensa de que el susodicho, haciendo lo dicho, liberó a la niña (¿?),  le pregunté si ella creía que la referida conducta del dicho sujeto, era justa o no. Le aclaré que si bien mi intención era convertirla a ella, mi noble intención no la dispensa de la urticante pregunta moral. No encontró otra respuesta que amenazarme con un disparo de mostaza. A los pocos minutos, me dijo que yo le había caído muy bien. Y se mostraba sonriente y deseosa de seguir platicando.
Alí, que cree en Dios pero descree del Islam, intervino y dijo que él respeta todas las religiones. Sin esperar, le repliqué que respeto a todas las personas, pero que yo no respeto las falsas religiones, sino que sólo respeto la Religión verdadera, que es la Católica. Amplié lo dicho, precisando que respetar las falsas religiones equivale a respetar la mentira y por ende, es un modo de mentir. Con gozo, Alí adhirió a mi polémica proposición.

 Me despedí, manifestando mi deseo de volver la próxima a comer al mismo lugar. Ellos se quedaron tan contentos que Alí me acompañó hasta la puerta 307. En el tramo hasta la misma, lo invite a que, cuando vaya a Argentina a ver el “Superclásico” River-Boca  (es su sueño), entre a una iglesia a conocer a Cristo. Le dí mi decenario y lo besó. Le dije que lo use cuando requiera ayuda divina. Luego, le pregunté si tenía una Biblia, y me dijo que no y que no sabía cómo leerla. Lo exhorté a empezar con el Evangelio de San Marcos, para conocer la vida de Cristo y compararla con la de Mahomet, quien, según él (me lo dijo cuál confidencia), era un negociante.

¡Que Dios convierta a los islámicos!

Padre Federico, S.E.
Misionero en el Himalaya
7/XI/17, Estambul

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