Conversión desde oriente (I)

El Padre Federico me pide que escriba unas líneas dando mi testimonio de conversión.

¿Y por qué me lo pide el Padre Federico? Pues porque me he puesto en contacto con él para darle una pequeña ayuda en su misión en el Tíbet.

¿Y por qué este acercamiento al Tíbet? Pues porque yo soy converso desde Oriente al Cristianismo.

 

LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS

Nacido y bautizado en España, al norte, de familia tradicionalmente cristiana aunque tibia, hacia los catorce años me alejo totalmente de la Iglesia de Cristo y me sumerjo con toda mi energía y entusiasmo en lo oriental.

En aquellos años, ahora que me acerco a los sesenta, lo oriental era un descubrimiento exótico, misterioso y que además prometía la felicidad en este mundo. Todavía tenía algo de auténtico y genuino porque la nueva era y la comercialización no lo habían convertido en negocio.

Tuvieron que ver con esa inclinación hacia oriente algunos Jesuitas del colegio en el que estudiaba. Uno de ellos nos habló del Yoga diciendo que era lo mismo que el Cristianismo. Otro nos comparó al Che con Cristo también diciendo que eran lo mismo… De ese cocktail no podía salir nada derecho y entre el Yoga y el Cristo-Che yo elegí el Yoga…

El oriente místico y solemne me sugería ese perfume de sacralidad y de misterio que desde luego no me lo daba la revolución cubana o la teología de la liberación y el incipiente terrorismo marxista que, en esta tierra de misioneros y santos, algunos jesuitas apoyaban encantados en aquel entonces.

Así es que, como Dios escribe derecho con renglones torcidos, de aquella manera peculiar comienza mi andadura por Oriente.

 

DENTRO DEL LABERINTO

Al principio un simple librito me bastó, una especie de “Aprenda Yoga en Diez Días” que me prometía la paz. ¿Y qué adolescente no necesita paz y belleza? ¿Y cómo un adolescente podía encontrar paz en el marxismo y belleza en la liturgia de guitarra y bongos?.

Siempre he sido voluntarioso y cabezota, de manera que cuando me meto en algo lo hago con toda la intensidad de la que soy capaz y como era de esperar me metí de lleno en lo oriental. Eran años de pioneros. Fui de la primera promoción de profesores de Yoga formados en España. Fui de los primeros en aprender Reiki cuando nadie sabía de que era eso. De los primeros en practicar el Budismo Zen. En aquel tiempo la Nueva Era apuntaba pero todavía no estaba muy formada. Eran tiempos de románticos y emprendedores. Tiempos de la Comunidad del Arco Iris, de terapias, mantras, esoterismos diversos, meditaciones budistas, vegetarianismo, todo ello mezclado sin orden ni concierto.

Pronto tuve la suerte de entrar en contacto y de formarme en escuelas orientalistas muy tradicionales, cercanas al tradicionalismo perennialista francés, y por lo tanto rigurosas en lo doctrinal y nada afectas a mediocridades Nueva-Era. Luego, evidentemente, tuve que distanciarme de sus planteamientos gnosticos y esotéricos pero en principio ese ambiente me dio rigor intelectual y gusto por la ortodoxia.

Digo que tuve suerte porque de una ortodoxia es fácil pasar a otra y conforme mas profundizaba en las doctrinas (ortodoxas) orientales, mas y mejor entendía, salvando las diferencias, la ortodoxia cristiana que como iba descubriendo nada tenía que ver con el Cristo-Che o con orientalismos panteístas.

Muchos años pasaron en el Vedanta Advaita, en el Zen, en el Shivaismo o en el Budismo Tibetano. Mucho entusiasmo, mucha dedicación… y también mucha decepción… porque aquello no terminaba de encajar y además esa paz prometida no llegaba. Todo eran promesas de iluminación que no terminaban de ser coherentes a pesar de algunas experiencias realmente intensas y extraordinarias.

Gradualmente, desde la ortodoxia hindú, ya se me advertía que los occidentales teníamos a Cristo y que eso nos bastaba. Era un Cristo-Avatar, bastante inadecuado como luego he visto, pero que en aquel momento ya empezó a cuestionarme el terreno en el que me movía y me dio pié para seguir investigando y conociendo mi tradición.

El acercamiento gradual se iba produciendo pero siempre hay un punto, un momento, “el momento”, en el que ese acercamiento se confirma súbitamente.

 

DE VUELTA AL HOGAR

¿Y cuál fue ese momento? Había ido unos días a un monasterio benedictino a descansar y al segundo día, súbitamente, me “cristianicé”…

Lo explico: súbitamente me sentí totalmente sumergido en “la cristiandad”; los salmos tenían significado, el latín me resultaba familiar, el lenguaje de la Biblia me era totalmente cercano, la oraciones, el ritmo de vida, el gregoriano, la liturgia cuidada, la decoración, los cuadros, las imágenes, todo me era familiar, cálido y cercano. Como si siempre hubiera estado allí. Había vuelto a casa.

¡Para qué irme al Tíbet cuando esa sacralidad que yo buscaba desde adolescente la tenía a una hora de mi hogar!

A partir de ahí comienza el lento proceso de readaptación.

 

LAS TRAMPAS QUE NOS HACEMOS

Lo primero que uno intenta hacer cuando se convierte es continuar con lo de siempre pero con un barniz cristiano: no funciona.

Luego uno se acerca al cristianismo progre… para así seguir haciendo lo que le da la gana: no funciona.

Luego uno intenta hacer una síntesis, una mezcla de lo oriental y el cristianismo, una especie de yoga cristiano: no funciona.

Luego uno intenta hacer un cristianismo a su medida, una mezcla gnostico-progre-mística… o sea, que uno quiere seguir haciendo lo que le da la gana: no funciona.

Luego al Señor se le acaba la paciencia (es un decir) y viendo que soy un cabezota orgulloso y ególatra, me empieza a apretar y me deja sin trabajo, sin novia, sin salud, sin mi casita en las montañas. En definitiva me deja sin nada en lo que yo me sujetaba, sin ninguna de las cosas que a mi me gustaba mantener y barnizar de Cristo. ¡Y eso funciona!. Dolorosamente, pero funciona, porque entonces solo me pude sujetar en El.

Y es que Cristo no es un barniz que se pueda dar a otra cosa. Cristo es “la cosa” en la que nos sujetamos.

 

DIOS DIRIGE NUESTROS PASOS

Dios nos guía con una pedagogía excelente pero implacable. Nos guía principalmente a través de los acontecimientos de nuestra vida. Y nos guía siempre… pero no como nosotros imaginábamos que lo iba a hacer…

Dios me fue quitando todas las fantasías y decoraciones hasta que empecé a conocerle como El quiere ser conocido (como una Persona, no como una “energía” o algo abstracto) y empecé a acercarme a El como El quiere que nos acerquemos (a través de Su Iglesia, Su doctrina, Sus sacramentos. No como a mi me apetecía haciendo componendas por vagancia, soberbia o cobardía).

Así es que me aprieta hasta que un buen día de otoño, en Lourdes, caigo de rodillas en un confesionario tras treinta y tantos años sin confesarme y con un buen saco de pecados a mis espaldas.

 

EXPERIENCIAS CUMBRE

¡Qué experiencia! ¿No se habla en el orientalismo de “experiencias cumbre”? ¡Pues aquí hay una para todos los buscadores nueva-era!: ¡Arrodíllate y confiésate!. Esa si que es una experiencia cumbre.

Siempre recordaré la salida del confesionario hacia la gruta tras dos horas revisando mi vida. Yo pensé que la penitencia sería ir de rodillas hasta Jerusalén, ida y vuelta, ¡pero no! la penitencia fue rezar el Magnificat ante la Santísima Virgen. ¡Magnífico!

Jamás, y esto que quede muy claro porque no es poesía ni una exageración, jamás en todas mis experiencias con prácticas orientales había vivenciado ese silencio, esa quietud, esa transparencia, esa ligereza, esa paz, esa suave e intima alegría, esa coherencia, esa plenitud.

Cualquier silencio o quietud “conseguido” a través de técnicas, a través de la voluntad, es como de cartón piedra comparado con el Silencio de la Gracia. Silencio y Paz gratuitos que los da Dios cuando quiere, a quién quiere y como quiere, y que no dependen de esfuerzos, técnicas ni métodos sino tan solo de “la humildad de su esclava”.

Comento esto para los que erróneamente creen que se puede “hacer” silencio a base de técnicas. Yo he comprobado que no y doy testimonio de ello. Lo que se consigue con voluntad y técnicas es una mala imitación de la Gracia. Y lo oriental es casi todo voluntad y técnica, puro pelagianismo como luego aprendí. Todo natural, nada sobrenatural. Mística natural frente a la Mística Sobrenatural de la que nos hace participes El Hijo de Dios por su misericordia.

Esta vivencia de la Gracia se repite de vez en cuando, cuando Dios lo quiere, y todas las experiencias que tuve en lo oriental juntas, no valen lo que es estar cinco minutos ante el sagrario, o lo que es comulgar después de haber recibido la absolución en la confesión, o lo que es rezar el Santo Rosario participando en cada Ave María de la vida celeste de la Virgen.

 

MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA

Y llegados a este punto es necesario ahora volver un poco hacia atrás para decir que todo, absolutamente todo este camino de vuelta ha sido de la mano de la Santísima Virgen. Cada paso, cada nuevo escalón ascendido.

El primer “toque” marial fue muy pronto, muy al principio del proceso: un buen día, estaba visitando una iglesita románica y había dos personas rezando el rosario. Ellas no lo saben, ni siquiera me vieron, pero yo estaba unos bancos detrás y me quedé sobrecogido por la oración, comencé a rezarlo con ellos, y continué de vuelta a casa, y continué, y continué… hasta hoy… día y noche con el rosario agarrado a la mano. Han pasado unos veinte años. ¡Cuanto bien se puede hacer anónimamente por el simple gesto de rezar con devoción!

Luego vino la confesión en Lourdes y una multitud de “toques” mariales que llegan hasta ayer mismo. Cada paso de vuelta a la Iglesia ha sido un paso marial. Siempre. Sin excepción. Y sigue siéndolo ahora.

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